El cuidado de hijos con neurodivergencia trasciende las tareas de crianza tradicionales, convirtiéndose en una labor de gestión multidimensional que impacta profundamente en la salud mental de las madres. Esta realidad, marcada por una exigencia constante, sitúa a las cuidadoras en un escenario de alerta permanente donde la planificación y la contención emocional son el eje del día a día.
De acuerdo con Miriam Pardo, académica de Psicología de la Universidad Andrés Bello (UNAB), esta sobrecarga no es solo física. En el marco del Mes de las Madres, la experta advierte que las cuidadoras suelen enfrentar una “adaptación ansiosa” frente a múltiples demandas: desde la coordinación de terapias hasta la anticipación de crisis de desregulación, factores que pueden derivar en agotamiento psicológico e irritabilidad.
Cuando las exigencias se acumulan sin redes de apoyo sólidas, el bienestar emocional se ve comprometido. La labor implica una vigilancia constante para sostener las rutinas del hijo, lo que genera un desgaste progresivo conocido como el síndrome del cuidador. Este fenómeno se agrava por factores externos, como la gestión administrativa de los tratamientos y el enfrentamiento a juicios sociales o barreras en el sistema escolar.
La soledad en estas tareas es uno de los mayores riesgos. La frustración y el cansancio acumulado, de no ser abordados, pueden evolucionar hacia síntomas depresivos. Por ello, la visibilización de esta labor es el primer paso para transitar hacia una crianza más acompañada y saludable.
Para mitigar el desgaste, es fundamental fomentar espacios de autocuidado que no generen culpa. Establecer pequeñas pausas diarias, buscar grupos de apoyo donde se comparta la experiencia de la neurodivergencia y delegar tareas operativas son pasos esenciales. La salud mental de la madre es el pilar que sostiene el bienestar del núcleo familiar.
Contar con una red de apoyo ya sea familiar, profesional o comunitaria es determinante para reducir el estado de alerta constante. La participación activa de otros adultos en la crianza y la existencia de políticas escolares inclusivas permiten que la madre deje de ser la única gestora de crisis, distribuyendo la carga emocional y permitiendo un entorno más equilibrado para todos.
Con información de: elmostrador.cl