La educación inclusiva en Chile dio un paso histórico con la Ley 21.544, pero llevarla a la práctica sigue siendo un desafío en desarrollo. Hoy, familias de estudiantes con discapacidad reportan que, a pesar de las nuevas normativas que obligan a los colegios particulares pagados a garantizar cupos y prohibir la discriminación, aún persisten barreras para acceder y permanecer de forma plena en estos establecimientos.
Promulgada en 2023, esta legislación marcó un hito al establecer obligaciones claras y graduales para el sector privado. Entre ellas, destaca la meta de alcanzar un 5% de matrícula de estudiantes con necesidades educativas especiales para 2028. Además, prohíbe prácticas que antes eran comunes: la cancelación de matrículas por motivos de discapacidad, los cobros adicionales y la exigencia obligatoria de tutores externos.
Sin embargo, reportes recientes evidencian que el cambio cultural toma más tiempo que el legislativo. Muchas familias relatan que siguen enfrentando procesos de admisión condicionados o el uso de espacios como las “salas de calma” que, mal implementadas, terminan aislando a los estudiantes de sus compañeros. Especialistas en educación señalan que la presión por mantener altos puntajes en pruebas estandarizadas (como la PAES) sigue frenando a algunos recintos de abrir sus puertas con total convicción.
A pesar de estos baches en el camino, el marco legal ya está en marcha y la conversación está sobre la mesa. El objetivo de este proceso no es solo cumplir con una cuota, sino transformar a las comunidades escolares desde su base.
Un punto ciego importante en este proceso es la falta de información estadística. Mientras el sector público y subvencionado cuenta con el Programa de Integración Escolar (PIE) para medir y apoyar a sus alumnos, el Estado no tiene cifras exactas de cuántos niños con discapacidad estudian en el sistema particular pagado. Esta ausencia de datos dificulta una fiscalización operativa efectiva y deja un margen de discrecionalidad en los procesos de admisión que el sistema deberá ir ajustando.
Más allá de las exigencias legales y las multas, el verdadero reto para las instituciones privadas es transitar hacia una inclusión genuina. Abrir las aulas a la neurodivergencia y la discapacidad no afecta el rendimiento académico; por el contrario, enriquece a toda la comunidad escolar, formando estudiantes más empáticos y preparados para el mundo real. Lograrlo requiere dejar de ver la inclusión como un “favor” y asumirla como el derecho fundamental que es, trabajando en equipo entre colegios, apoderados y especialistas.
Con información de: elmostrador.cl